La temporada 1996-1997 fue un hito en la historia del Real Oviedo, no solo por los eventos que ocurrieron dentro del campo, sino también por los sentimientos que invadieron a los aficionados en el cierre de un capítulo memorable. El Estadio Carlos Tartiere, que había sido testigo de innumerables hazañas y emociones a lo largo de los años, se preparaba para cerrar sus puertas tras una larga y exitosa carrera como la casa de los Carbayones.

Los aficionados, conocidos por su fervor y lealtad, estaban divididos entre la tristeza de despedir un lugar lleno de recuerdos y la emoción por el nuevo estadio que se construiría en el futuro. La temporada comenzó con la esperanza de mantener la categoría en la Primera División, pero pronto se hizo evidente que el equipo enfrentaba desafíos serios en la liga. Sin embargo, cada partido en el viejo Tartiere era una celebración, un tributo a las memorias compartidas entre los seguidores y el equipo.

El ambiente en el estadio era eléctrico, con cánticos que resonaban por las gradas, recordando épocas pasadas de gloria. Los jugadores, conscientes de la historia que se estaba escribiendo, se entregaban al máximo en cada encuentro, sabiendo que cada pase, cada gol y cada victoria estaban marcando el final de una era. Aunque el descenso era una posibilidad, los Carbayones luchaban con todo su corazón, simbolizando la tenacidad que caracteriza al club.

A medida que avanzaba la temporada, los partidos se convirtieron en verdaderas ceremonias de despedida. La afición, en su mayoría vestida con los colores de la casa, se unía en un canto colectivo que resonaba al unísono: "¡Siempre Oviedo!". Era un recordatorio del compromiso inquebrantable que tenían con su equipo, independientemente de los resultados en el campo. Cada gol era celebrado como si fuera el último, cada salida al campo se transformaba en un homenaje a lo que había sido el viejo Tartiere.

Finalmente, el último partido en el viejo estadio llegó. Era un encuentro que llevaba consigo la carga de la historia, y la atmósfera era palpable. A pesar de la presión y la incertidumbre, los jugadores dieron lo mejor de sí, mientras la afición se unía en un último canto de despedida. La tristeza y la esperanza se entrelazaban, ya que el viejo Tartiere se despidió con un último eco de alegría y pasión, dejando un legado imborrable en el corazón de todos los Carbayones.

La temporada 1996-1997 no solo fue el final de un estadio, sino también el cierre de un capítulo de la rica historia del Real Oviedo. Aunque los Carbayones enfrentaron la adversidad en la liga, la esencia del club permaneció intacta. La nueva era que se avecinaba prometía nuevas oportunidades, pero siempre con la memoria del viejo Tartiere como un faro que guiaría a los aficionados y jugadores hacia el futuro.